Comida a oscuras
Lo que cocinamos cuando se va la luz (o cuando caen bombas)
Hace 29 días a esta hora yo ya empezaba a tener hambre. Se me apagó el ordenador (como a toooodo ese ejército de personas que jugamos a las oficinas que diría Beatriz Serrano) y se me cortó una llamada a la mitad. Hay quienes pensaron en conspiraciones judeomasónicas, gusanos rusos o alienígenas cortacables. Hay quienes desearon estar de nuevo ante el fin del mundo (¿qué mejor fin del mundo que aquel que te saca del trabajo?) y quienes se maldijeron encantados por estar ante otro “evento histórico”. La verdad es que yo tenía hambre y lo primero que pensé fue: esto es una confirmación (más) de que es un error no tener fuegos en casa. La puta vitro. Aunque luego recordé que el día antes habíamos celebrado un cumpleaños en el patio de vecinas y teníamos uno de mis menús favoritos: sobras de fiestas y comidas. El almuerzo estaba solucionado: tortilla fría de patatas y calabacín y hummus de remolacha. Si queda hambre se corta jamón.
Aún así, de repente me vi pensando en un menú a largo plazo sin calor en la cocina. También pensé (mucho) qué estaría comiendo el resto de gente y si, como nuestros vecinos, estarían compartiendo comida o imaginando formas de obtener calor con latas de cerveza u otros ingenios. Me preguntaba si era más fácil imaginar nuevas recetas, contar con alimentos que nos diesen comidas frías sabrosas y no aburridas o ingeniárselas para cocinar lo de siempre buscando calor en algún sitio.
Al final estas preguntas nacían de del mismo sustrato del que nace uno de mis temas favoritos: ¿qué come la gente? ¿por qué? ¿a qué asociamos ciertas comidas? ¿qué recetas nos legaron? ¿cuáles nos inventamos? ¿cómo se relaciona la comida con el territorio o con la temperatura que hace fuera o con el sueldo que tenemos o con vivir en un desierto alimentario (kilómetros a la redonda donde no hay alimentos frescos)? Así que pregunté a amigas, familiares y conocidos varios qué comieron en el apagón y si a ellos también les preocupó de primeras eso del comer.
“Yo bendije haber sido chica furgonetera en un pasado no muy pasado y tener una cocinita a gas dispuesta para la ocasión”.
Fueron varias amigas las que gracias al gas (la mayoría patrocinado por furgonetas y el ajuar que tiene todo campista) comieron lo que tenían pensado a pesar del apagón (como el falso estofado de ternera a base de setas y patatas que tenía Marta listo para calentar y que puedo hacerlo gracias a su cocinilla de maleta). Hay quien no tuvo gas ni placas con baterías, pero sí una barbacoa a mano. Eloy utilizó la suya para calentar el biberón a su niña y Belén para cenar presa y espárragos a la barbacoa. Alguien me contó que su compañero de piso hizo agujeros en una olla y se montó una barbacoa improvisada en el balcón que dio de comer asado a varias bocas hambrientas.
Una colega acababa de hacer la comida cuando se fue la luz: ensalada de coliflor asada, huevo y salsa de curry y yogur (vaya delicia). Igual le pasó a Salomé, que trabaja en un catering y la comida estaba lista cuando saltó la noticia.
Me encantó lo que me contó un amigo del pueblo, que estaba en un bar en Jerez y comió papas alioli, ensaladilla y ensalada con tinto de verano porque no servía el tirador y la verdad que cuando lo leí pensé que vaya buen momento parar en un bar de jeré con tapitas frías y tintito.
Hay quienes no tuvieron acceso al calor y como yo se enfadaron por no tener gas en casa. El peor de estos casos fue el de una amiga que tenía listo una fiambrera de ajo sopeao de su madre, que es una receta típica de Montoro que hacía su abuela y que ahora su madre hace muy de tarde en tarde, pero que no pudo ser calentado. Y es que la comida es familia y pertenencia, también en estos momentos, con lo que se dejó de comer, pero también con lo que se comió, como mi amigo Borja que cortó chorizo, queso y morcilla patatera y lo acompañó de un chato de vino y me contó que ese momento le hizo muchísima ilusión porque el menú le recordó a su abuelo recientemente fallecido. La comida a veces es un lugar seguro en el que descansar y los recuerdos que nos evoca nos demuestra que es mucho más que ingerir alimentos.
Además de vínculos, la comida y cómo solventamos un momento así tiene que ver mucho con el territorio. Pablo de Cádiz “estaba tranquilo porque tenía en casa atún, caballa y tomatitos así que tuve la suerte de comprar algo de pan y me hice un dobladillo. Más de Cadi imposible”. Realmente, las conservas de calidad, los embutidos y quesos son siempre una de mis cosas de comer favoritas: rico, fácil y muy del terreno. Y es que hubo muchas cenas de latitas y sandwiches un día como hoy hace 29 días (el atún y el pavo fueron los claro ganadores). Pero también hubo muchísima comunidad.
En casa de otro Pablo hicieron piña con otros tres vecinos: “mi marido compró un paquete de papas grandes que estuvimos compartiendo. Luego una vecina bajó un par de cervezas. Y en realidad no comimos comimos, sino que luego hicimos una merienda - cena porque improvisamos una mesa con caja de cartón y sacamos una serie de sillas al pasillo y cada piso saco algo. Gominolas, paquetes de jamón sin abrir, crema de queso, picos, pistachos y nueces” un gran botín si me preguntan. Clara también acogió a unos amigos que se habían quedado tirados y cenaron juntos cositas de la alacena.
Las latas, la búsqueda de alternativas, la compañía y el compartir comida fueron tendencia en este día que muchos se sentaron a comer en sitios diferentes: rellanos del bloque, patios, aceras, zaguanes de las casas o lugares de la casa donde había más luz como aquella que adelantó la cena y cenó conservas, jamón, queso y vino mientras el sol se ponía observando una luz diferente a la de la lámpara de la cocina que acompañaba las cenas normalmente.
Me encantó conocer todas estas historias. Sin embargo, no sé qué comieron mis padres porque ni siquiera me preocupé un momento por ellos, a pesar de que fundo los móviles de toda la familia en el momento que un día mi madre no me contesta un mensaje. Creo que esta vez no pensé en ellos porque mi madre tiene cocina de gas y siempre tiene bombona de repuesto, pero también un congelador de los de los helados de Frigo que teníamos en la tienda hasta arriba de comida y una nevera en la que no cabe un dedo entre lechugas, alcauciles, habas (era temporada), los quesos que hace y huevos. No sólo por eso, es que mi madre vivió hasta los 20 años sin luz ni agua corriente y entonces su recetario y estrategias de cocina superan un apagón de 17h sin inmutarse (uf, ahora estoy pensando en tostadas hechas en la chimenea). Quizás por eso casi siempre hay comida hecha en mi casa, puede que sea un rastro que queda en el ADN de otros tiempos peores en los que subían andando al pueblo a moler el trigo que segaban, recogían la molienda y volvían al campo. Amasaban y al horno de leña, y había pan para una semana. Cuando se acababa el amasijo, vuelta a empezar.
Ese día pasaron hambre en Gaza, igual que hoy e igual que los cerca de dos años que llevan los gazatíes sufriendo una guerra. Las bombas y el asedio por parte de Israel (con el silencio cómplice del resto del mundo) están matando a un pueblo y en su día a día la hambruna es lo que llena sus platos.
“Nada sabe igual que antes y hasta el falafel acaba con gusto a desesperanza y decepción” es el lamento que acompaña a un plato de un apetecible falafel en el Instagram del periodista Mikel Ayestaran que, desde hace meses, nos cuenta la relación de los palestinos con la comida en esta situación crítica. Ayestaran busca denunciar el uso del hambre como arma de guerra y nos lo pone en bandeja a través de estas historias cotidianas y los sentimientos en torno a la comida de esas personas “De comer jodidas”, ante otro plato de judías en conserva, la más repetida en estos meses “y de fondo bombardeos un día más”.
En sus historias nos muestra desayunos tradicionales de la franja que ahora se convierten el plato único del día. Menú de Gaza cuenta lo que come Amal y su familia y lo que consiguen comprar, encontrar y cocinar entre las bombas y con ayuda humanitaria restringida o inexistente “La reserva de latas va menguando la ayuda vuelve a entrar después de 2,5 meses pero con cuentagotas” cuenta el día 20 de mayo.
El destrozo hace difícil conseguir comida y el dinero (que por lo visto sigue existiendo en el desastre). Los espaguetis, por ejemplo valían 0,5€ y ahora están a 23€ el kilo. Quienes sobreviven a la hambruna lo hacen gracias a las conservas judías, garbanzos o guisantes y, si hay dinero, con el arroz o la harina que encuentran en un mercado donde los precios han aumentado en un 3000%
El pueblo palestino se muere bombardeado y con el estómago vacío.
En una de las últimas publicaciones del menú de Gaza de Ayestaran veo un plato de berenjenas, una sorpresa de los huertos improvisados en tiempos de bloqueo total y pienso en esta foto
Es el huerto de Mohamed Ataya en la azotea de su edificio medio derruido a las afueras de Damasco. Su historia la recoge Rachel IP en su libro ilustrado The Last Garden donde Zara cultiva alimentos y flores en una ciudad imaginaria devastada por la guerra. De alguna manera en zonas de conflictos y debacle este tipo de huertos son un destello de seguridad alimentaria contra el hambre como arma de la guerra. Pero ¿cómo cuidar un huerto entre bombas?
Me quedo pensando en nuestra relación con la comida en diferentes momentos y en que pare ya el genocidio contra el pueblo palestino y haya siempre alimentos frescos y accesibles para todos.
Escribiendo este textito pensé mucho en:
📚 Un libro
Un paraiso en el infierno de Rebecca Solnit | No sé cuantas veces he vuelto a este libro de la Solnit donde nos cuenta cómo la comunidad es lo que nos hace sobrevivir en desastres como el terremoto del 85 de México o la ola de calor de Chicago en 1995
🧀 Un queso
Tener productos de calidad, de esos que puedes conocer el camino que recorren y las manos que los hacen y que te saben un poco al terreno como conservas, quesos o chacinas te puede salvar el día, haya apagón o no. En mi casa nunca falta el queso (casi siempre curado) de leche de cabra payoya de las queserías de mi zona (la Sierra de Cádiz). Aunque mi favorito es el que le regala un cabrero a mis padres cada dos por tres (sin etiqueta), tengo otros que puedo recomendar como el curado de cabra de La Covacha (el que tienen curado en manteca también es una locura). Para mi sabe a casa, pero podría decir que tiene una textura firme pero cremosa y que tiene personalidad, pero sin llegar a ser un sabor fuerte. Comiéndolo estás ayudando a conservar el territorio y la producción artesanal de queserías pequeñas.
📺 Una escena
Estos días vi Flow (al igual que tanta gente) y si bien no hay mucha comida en esta peli lo que hay es mucha comunidad. El equipazo que forman el perro, el gato, el lemur, la capibara y la garza es el equipo que se merece este mundo. Me gusta mucho esta escena en la que van en el barco a la deriva, pero hay mil escenas de comunidad más que no os podéis perder. Querrás llorar de preciosa que es.
🥗 Una receta
Según el Informe de Consumo Alimentario en España la receta más consumida por los hogares españoles a cierre de año 2023 es la ensalada verde, plato principal de la dieta española. En mi casa no es un plato muy común, pero pensando en recetas rápidas, frescas y ricas a falta de luz me viene la de la ensalada que más hago en temporada de espinacas / acelgas. Es una ensalada con base de espinacas o acelgas (prefiero lo primero, pero me adapto al huerto) que si están recién recogidas y crujientes mejor (si no, puedes echarlas un poco en agua hasta que cojan firmeza). A esa base le pongo naranja (los gajos cortados a la mitad), queso gorgonzola, brie (o alguno tierno que tenga mucho sabor), frutos secos (nueces y almendras es lo que suelo tener en casa) y una vinagreta hecha con aceite, vinagre, sal, mostaza, miel y unas gotitas de tabasco o similar. Rápido, rico y en la línea del resto de hogares españoles.





